El cambio climático ya entró en el balance de las empresas. El trabajo registrado retrocede, el crédito empieza a ocupar el lugar del salario y la policrisis se instala de a poco. La pregunta que queda es incómoda: ¿qué capacidad tenemos, como sociedad, para enfrentarla?
Hay noticias que, tomadas por separado, parecen pertenecer a mundos distintos.
Una empresa anuncia que va a diversificar proveedores porque una inundación puede cortar una ruta. Otra estudia qué pasaría si una sequía le limita el agua que necesita para producir. Los responsables de riesgo financiero empiezan a incorporar el clima en sus proyecciones.
Mientras tanto, millones de personas enfrentan otra realidad: ingresos que no alcanzan, empleo cada vez más incierto, y un crédito que empieza a ocupar el lugar que antes tenía el salario.
¿Son fenómenos distintos? Cada vez estoy más convencido de que no. Son manifestaciones distintas de la misma transformación.
Las empresas ya están recibiendo la señal
Un relevamiento internacional sobre 550 empresas en 15 países encontró que el 84% había sufrido en los últimos cinco años algún impacto por fenómenos extremos: tormentas severas (62%), calor extremo (49%), inundaciones (47%).
Pero lo más revelador aparece en las cadenas productivas. El 75% reportó retrasos en insumos críticos, el 65% sufrió escasez de esos insumos, el 60% enfrentó aumentos de precios y el 58% tuvo que redireccionar su cadena de suministro.
No hablamos entonces de una fábrica inundada. Hablamos de algo más complejo: un fenómeno físico que se convierte en problema productivo, logístico y financiero. Y las empresas ya están reaccionando — mapean vulnerabilidades, diversifican proveedores, generan redundancias.
Tiene sentido. Una empresa que conoce el riesgo, se anticipa.
¿Y los que no tienen esos recursos?
Porque una empresa puede contratar un seguro, cambiar de proveedor, invertir en infraestructura alternativa. ¿Puede hacer lo mismo una familia? ¿Puede un trabajador que perdió su empleo? ¿Puede el vecino de un barrio donde una inundación deja inutilizado el único camino de acceso?
Ahí empieza, para mí, la verdadera discusión.
Otra fragilidad que crece en silencio
En Argentina hay una señal que no deberíamos mirar por separado. Entre junio de 2025 y junio de 2026, la mora del crédito de las familias pasó del 5,2% al 12,8%, según el Banco Central. La carga mensual de esa deuda llegó al 24,1% de la masa salarial formal en abril de 2026. Y alrededor de 6 millones de personas ya no pueden acceder a nuevo crédito por tener algún préstamo impago.
Hay un dato que, para mí, es todavía más revelador: entre fines de 2023 y mediados de 2025, la proporción de compras de supermercado pagadas con tarjeta de crédito pasó del 39% al 45-46%, según un informe de la UBA.
Pensemos un momento en esto. El crédito fue pensado para adelantar una capacidad futura de pago. Cuando empieza a usarse para comprar la comida del mes, algo cambió de fondo: el crédito comienza a ocupar el lugar que el ingreso corriente ya no puede ocupar.
Y ahí aparece un circuito que conviene mirar de cerca:
necesidad → crédito → refinanciación → mora → menos crédito futuro → más vulnerabilidad
No estoy discutiendo si el crédito es bueno o malo. Estoy tratando de mirar algo anterior: ¿qué pasa cuando una sociedad empieza a perder la capacidad de sostener sus necesidades con el ingreso que genera su propio trabajo?
La capacidad que no estamos viendo
Por un lado, empresas que descubren que sus recursos no siempre alcanzan para aislarlas de un entorno inestable. Por el otro, personas cuyo acceso al dinero se vuelve cada vez más frágil.
Y entre ambos mundos hay algo que me preocupa especialmente: la capacidad productiva que no estamos viendo.
Porque una persona puede no tener dinero. Pero puede saber reparar, cocinar, cultivar, enseñar, cuidar, construir, organizar. Puede tener una herramienta, un conocimiento, tiempo, experiencia, un profundo conocimiento de su territorio.
Puede tener capacidad. El problema es que capacidad y mercado no son sinónimos: una capacidad puede existir y quedar sin usar porque no hay un mecanismo que la conecte con una necesidad.
Ya lo hicimos antes
Durante la crisis argentina de 2001-2003, la Red Global de Trueque experimentó a gran escala con otra forma de organizar el intercambio. El concepto central era el prosumidor: quien no solo consume, sino que también produce para otros.
Aquella experiencia no demuestra que ese modelo se pueda trasladar mecánicamente al presente. Pero sí demuestra algo más importante: las personas pueden organizar mecanismos de intercambio alrededor de sus capacidades cuando existen redes capaces de reconocerlas y conectarlas.
No hace falta reproducir el Club de Trueque del siglo XX. Hace falta recuperar — y superar — la capacidad que permitió a esas comunidades reconocer y movilizar lo que sus propios integrantes sabían hacer.
No podemos detener la policrisis. Pero podemos dejar de esperarla separados
Probablemente no podamos frenar el cambio climático desde un barrio, ni resolver el deterioro del mercado laboral desde una organización comunitaria. Pero mientras esperamos que los grandes sistemas reaccionen, la vida sigue: hay necesidades que resolver hoy, personas que saben hacer cosas hoy, herramientas y vínculos que ya existen.
La cuestión es cómo hacer que esas capacidades empiecen a encontrarse. Y no hace falta una gran organización para eso. Hace falta un nodo: un pequeño grupo de personas dispuestas a resolver algo concreto con lo que ya saben hacer.
Tres preguntas para empezar hoy mismo:
1. ¿Qué problema tenemos entre nosotros que ya podríamos empezar a resolver?
2. ¿Qué sabe hacer cada uno de los que estamos alrededor de ese problema?
3. ¿Qué necesitamos, y quién de nosotros ya sabe resolverlo?
No hace falta un plan perfecto. Hace falta un primer núcleo — dos, tres, cinco personas — y una primera experiencia, por más chica que sea. Después, revisar qué funcionó, qué se aprendió, y quién más podría aprenderlo. Eso, repetido, es lo que convierte una capacidad individual en capacidad colectiva.
La pregunta que deberíamos hacernos ahora
Mientras las empresas arman sus planes de continuidad y sus mapas de riesgo, quizás nosotros debamos empezar a armar nuestro propio mapa: no solo qué tenemos, sino qué sabemos hacer, qué podríamos aprender, qué podemos enseñar, y qué podemos hacer juntos que ninguno de nosotros podría hacer solo.
No sé exactamente qué viene. Nadie lo sabe con certeza. Pero sí sé que detrás de cada estadística hay personas — vecinos, familias, jóvenes, pequeños productores — que quizás no tengan mucho dinero, pero que saben hacer cosas.
Quizás no podamos evitar la policrisis. Pero sí podemos evitar enfrentarla completamente separados.
Sobrevivir juntos puede ser el comienzo. Desarrollarnos juntos podría ser el verdadero objetivo.
Fuentes de los datos citados: MSCI Institute, Corporate Resilience Survey (550 empresas, 15 países, 2025); Banco Central de la República Argentina, Informe de Bancos e Informe de Estabilidad Financiera (2025-2026); Centro de Estudios para la Recuperación Argentina (CentroRA), Facultad de Ciencias Económicas, UBA (2025).

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