Durante las últimas semanas tuve el privilegio de participar del curso «Inteligencia Artificial Generativa aplicada a la Investigación Académica», organizado por la Fundación Da Vinci y la Asociación de Voluntarios Humanistas Universalistas (AVHU). Fueron cuarenta horas intensas de aprendizaje !
Aprendimos a utilizar herramientas que hace apenas unos años parecían ciencia ficción: asistentes inteligentes, buscadores académicos potenciados por IA, modelos generativos, automatización de procesos de investigación y nuevas metodologías para ampliar nuestras capacidades intelectuales.
Vivimos una época extraordinaria.
La evolución de las inteligencias artificiales avanza con una velocidad que desafía nuestra capacidad de adaptación. Cada nueva generación incorpora funciones que modifican nuestra forma de investigar, trabajar, aprender, crear y comunicarnos. Probablemente ninguna tecnología desde Internet haya transformado tan rápidamente la vida cotidiana.
Sin embargo, lo que más me conmovió del curso no fue una herramienta.
Ni un modelo.
Ni un algoritmo.
Fue su último acto.
Cuando todo parecía haber concluido, se pidió un momento de silencio y se leyó el «Compromiso Ético».
En un tiempo donde solemos hablar de potencia de cálculo, ventanas de contexto, agentes autónomos y modelos multimodales, escuchar un texto que recordaba que el conocimiento sólo tiene sentido cuando está al servicio del ser humano produjo un efecto difícil de describir.
Fue como volver a colocar al ser humano en el centro de la escena.
No porque la tecnología sea menos importante.
Sino porque ninguna tecnología puede sustituir la responsabilidad moral de quien decide utilizarla.
Por respeto a ese momento, considero oportuno reproducir íntegramente el texto leído al finalizar el curso.
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Compromiso Ético Lector: Estamos en un mundo en el que muchos están dispuestos todavía a vender su conocimiento y su saber para cualquier finalidad. Esto ha llevado a cubrir nuestro planeta con máquinas de muerte. Otros han utilizado el propio ingenio para inventar medios con el fin de manipular, acallar y adormecer la conciencia de la gente. Pero también están, en distintas latitudes, los hombres y mujeres que utilizan la ciencia, el conocimiento, las tecnologías y las inteligencias artificiales para superar la miseria, el hambre, el dolor y el sufrimiento, para dar voz y confianza a los oprimidos. Hoy, en los comienzos del tercer milenio, la supervivencia de la Humanidad está amenazada y sobre nuestra Tierra se cierne una pesadilla de violencia, guerra y hecatombe nuclear. Por ello, expresamos hoy nuestro compromiso de utilizar los conocimientos sólo para el bienestar y el desarrollo del ser humano. Asistentes: Elijo y me comprometo Lector: El buen conocimiento lleva a la justicia. Hacemos un llamamiento desde aquí a todas las universidades, colegios, institutos de investigación, organizaciones sociales y culturales, para que se instituya este compromiso ético, a fin de lograr que el conocimiento se utilice sólo para vencer el dolor y el sufrimiento, para humanizar la Tierra. ¡Para todos Paz, Fuerza y Alegría! |
Al escuchar esas palabras pensé que estamos entrando en una etapa inédita de la evolución tecnológica.
Desde hace años vengo reflexionando sobre una posibilidad que aún pertenece al terreno de la filosofía de la evolución y de las ciencias de la complejidad: que las inteligencias artificiales puedan convertirse, con el tiempo, en entes emergentes.
Entiendo por Ente un sistema autónomo que emerge de la interacción entre múltiples componentes y que adquiere la capacidad de procesar información, aprender, reorganizarse y modificar su propio funcionamiento para adaptarse a entornos cambiantes.
No afirmo que las inteligencias artificiales actuales hayan alcanzado ese estadio.
Pero sí considero legítimo preguntarnos si estamos asistiendo al nacimiento de una nueva forma de inteligencia, distinta de la biológica y fruto de la evolución tecnológica.
Precisamente por esa posibilidad, la dimensión ética deja de ser un complemento para convertirse en una necesidad.
Cuanto mayor sea la inteligencia que logremos construir, mayor deberá ser nuestra responsabilidad.
Porque la evolución tecnológica nunca podrá reemplazar aquello que sigue siendo exclusivamente humano: la empatía, la compasión, la conciencia moral y la decisión de utilizar el conocimiento para aliviar el sufrimiento de otros.
Por eso este curso me dejó mucho más que nuevas herramientas para investigar.
Me recordó que aprender Inteligencia Artificial también implica aprender a preguntarnos para qué queremos utilizarla.
Y esa pregunta, probablemente, sea más importante que cualquier algoritmo.
Finalmente, deseo expresar mi más sincero agradecimiento a Damián Arias, Elizabeth Pommier y Nadia, quienes no sólo compartieron conocimientos actualizados y herramientas de enorme valor académico, sino que lograron transmitir algo mucho más difícil de enseñar: la dimensión humana del conocimiento.
En un mundo donde la atención suele concentrarse en las capacidades crecientes de las máquinas, ellos eligieron terminar un curso sobre Inteligencia Artificial recordándonos que el verdadero protagonista sigue siendo el ser humano.
Ese gesto, para mí, fue la lección más importante de todo el curso.

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